Cada mañana, antes de que el primer rayo de sol toque el asfalto, ya hay camineros formados, listos para salir a conservar y reconstruir las arterias por donde circula la vida del país.
Es un trabajo silencioso, pero vital. Ellos, con su casco y chaleco, caminan a la orilla de los caminos para que millones de mexicanos podamos recorrerlos sin pensar en quién los mantiene. Son los guardianes invisibles de la movilidad nacional.
17 de octubre: Día del Caminero
La historia de los caminos es tan antigua como la civilización. Desde los senderos de Mesopotamia hasta los Sacbé mayas —esas rutas blancas y rectas que cruzaban la península de Yucatán—, el trazado de rutas ha sido símbolo de progreso.
En el México colonial, un 17 de octubre de 1533, la Corona española ordenó construir caminos en la Nueva España. Casi cuatro siglos después, en 1925, Plutarco Elías Calles fundó la Comisión Nacional de Caminos y nació el Día del Caminero.
Hoy, más de 90 años después, esa celebración se mantiene vigente. El oficio ha evolucionado, pero el esfuerzo sigue siendo el mismo: trabajar bajo el sol, entre el ruido de los vehículos, enfrentando lluvias, deslaves y peligros.
En cuadrillas, los camineros limpian cunetas, reparan baches, enderezan señalamientos y cortan ramas que amenazan con caer. A escasos centímetros de los automóviles, mantienen en pie los más de 400 mil kilómetros de caminos y carreteras de México.
Una jornada que no tiene fin
Su jornada inicia a las 7 de la mañana.
Con disciplina férrea y profundo conocimiento técnico, desyerban, retiran animales muertos, lavan señales y maniobran maquinaria pesada.
Son, literalmente, los obreros del asfalto. Pero también hay espacio para lo humano: al mediodía, se reúnen alrededor de un comal improvisado, donde cada quien calienta el guisado traído de casa. Ahí, se comparten alimentos y anécdotas sin distinción de jerarquías ni egoísmos.
Algunos, con voz quebrada, confiesan que ser caminero les dio un hogar, una familia, un motivo.
Es un trabajo que suele heredarse: “mi abuelo fue caminero, luego mi padre y ahora yo”, dice uno mientras recuerda con respeto las serpientes que ha encontrado en su ruta o los accidentes trágicos que ha ayudado a evitar. Saben que el riesgo es constante, pero también que su presencia puede marcar la diferencia entre la seguridad y la tragedia.
Los camineros son insustituibles
En el Día del Caminero, la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes (SICT) rinde homenaje con ceremonias oficiales, como la realizada cada 17 de octubre en el Monumento al Caminero. Se reconoce la labor de quienes, sin importar la lluvia, el calor o los sismos, mantienen a México conectado.
No en vano, el titular de la SICT ha calificado este trabajo como uno “de titanes”, capaz de vencer montañas, ríos y barrancas para hacer posible el tránsito.

Hoy, en plena era digital, el trabajo de los camineros se complementa con tecnología como la Red Nacional de Caminos (RNC), una plataforma creada por el INEGI, el IMT y la SICT.
Este sistema mapea rutas, tiempos, peajes y puntos clave de infraestructura.
Pero ni el GPS más moderno puede sustituir el pulso humano del caminero, que sigue ahí, atento al bache imprevisto, al letrero torcido, al peligro inminente. Sin ellos, literalmente, no podríamos llegar.
Desde la SICT
“Día a día, las y los camineros trabajan para que las familias se mantengan unidas, las comunidades y los pueblos se comuniquen, las regiones se conecten, y la producción de los bienes de México se mueva con agilidad y oportunidad hacia los centros de consumo, dentro y fuera del país.
En las manos de los camineros, el asfalto, el concreto y la varilla, acompañando a su esfuerzo y a su trabajo, se transforman en autopistas, carreteras, viaductos, puentes, túneles y caminos que llevan al desarrollo económico, a la inclusión social y al empleo de los mexicanos”.
